martes, 7 de enero de 2014

Desprendida


Para mis amigos, los que se dieron cuenta de que algo andaba mal. Y para cualquiera que se sienta un poco perdida (o):

Tú y nadie más. Cuatro paredes fuera de Lima. Tu soledad, una cajetilla de cigarros y puro silencio. 133 cosas que meditar, 34 que decidir, todas contadas con los dedos.

El recuerdo de tu gran abuelo, una lista de sueños sin cumplir, muchas metas encaminadas y olvidadas. Tu padre con un mensaje de buenas noches, tu madre con uno de buenos días, tu hermano con un beso por BBM.

Un poco de internet para distraerte de vez en cuando, una casa de tres pisos en Punta Hermosa, yoga por 10 minutos en el tatame de tu primo. Respirar con tu espalda contra la pared, un libro de autoayuda.

Tú, despeinada como siempre, complicada como casi siempre, sensible como toda la vida. Tu corazón, tu inhalador, tus miedos, tus demonios. Todos en el mismo lugar. Tú, sola, como tiene que ser, como es siempre mejor.

Unas cuantas lágrimas de verdad, un par de historias para olvidar. La conciencia de una mala juerga. Tú y mil recuerdos.

Alejada del mundo solo anotas todo lo que pasa por tu cabeza, por horas. No paras de escribir. Ni una sonrisa, ni una risa. Te escondes y piensas. 56 preguntas, todas sin respuestas.

Tus mejores amigos, LOS VERDADEROS, preguntándote cómo estás, porque saben que estás sola y lejos. Sin sonido, sin música.

Al final, siempre, solo quedas tú y tu alma, tú y tu conciencia. Ni siquiera tu cuerpo, que es prestado. ¿Qué resulta de todo esto?, ¿quién soy?, ¿qué estoy haciendo con mi vida?, ¿es este el camino?

Te miras al espejo y te dices lo siguiente que acabo de aprender: “Eres hermosa, eres divertida, eres inteligente, eres buena, eres graciosa, eres fuerte, muy fuerte”. Lo repites, sabes que es verdad pero no te lo crees, algunos episodios de tu vida te hicieron creer lo contrario, dudaste de ti, de tus capacidades.

“Has logrado mucho, has llegado alto. Has conocido gente maravillosa que te quiere, te has levantado mil veces. ¿Quién hace eso y hace que parezca tan fácil? Tú”.

Vives intensamente y crees que lo que más vale es tu cuerpo, cómo te ves, cómo te ven, los aplausos de la gente, las felicitaciones, el reconocimiento.

No te controlas, a tu edad, no te controlas. Dices que no puedes, pero en realidad, es el miedo que habla por ti. Eres débil también, tus miedos son más grandes que tú y recién lo entiendes. Rompes eso, lo pateas, como al imbécil que no conocías que pateaste el viernes por patán.

Te miras nuevamente al espejo y te dices: “te quiero”. ¿Cuántas veces lo has hecho?, ¿cuántas veces lo has hecho sin mirar primero tu cuerpo y no tu alma, o sin cerrar los ojos porque “no eres suficientemente bella”?

Te quieres, recién lo entiendes. Con tus kilos de más, con tus rollos del costado, con tus estrías que te dicen que un día perdiste el control con la comida gracias a tus miedos, con tu celulitis que te recuerda que nunca comes bien, con esas cicatrices de la operación que te salvó la vida. Con tus tatuajes que no hacen más que revelar tu personalidad, tus ganas de vivir cambiando.

Te quieres, con tus ojeras que muestran 10 años de emprendedora. Con tu pijama improvisado que refleja tu poco orden. Despeinada, como siempre.

Recién te das cuenta de que te quieres. Recién entiendes lo que vales y dices: “¿en qué estaba pensando cuando dejé de pensar en mí?”.

Y entiendes. Estabas pensando en otros, porque tu corazón es tan grande, que te sacrificas por los demás, haces de todo para que sean felices, pero te olvidas de ti.

Captas el mensaje, no estás sola cojuda. Estás contigo. Te tienes a ti. Te sientes sola, ya tienes tus años y no compartes una relación con nadie, como todos tus conocidos. Entiendes que la envidia es mala, y entiendes que Dios sabe por qué hace las cosas.

¿Por qué? Porque te tienes que encontrar a ti misma primero, tienes que curar tus putas heridas, matar tus malditos demonios, afrontar tus estúpidos y repetitivos miedos nacidos de tu vida a través de los años.

Por fin entiendes, no necesitas a un hombre para ser feliz. Te necesitas a ti. Y no te esperanzas en que un día no muy lejano el idiota este llegará a decirte: “hola, ¿me buscabas?". Porque le responderías: “Sí, imbécil de mierda. ¿Dónde estabas cuando mi vieja se enfermó, cuando mi abuelo se murió, cuando me ahogué en 788 penas?".

No te repites a ti misma como dice tu psicóloga que lo hagas: “ya va a llegar”. Porque no es el momento, te acabas de dar cuenta de quién eres, de lo que vales. ¡A tus 29 años! Ya habrá tiempo de ser feliz con alguien más, ahora tienes que ser feliz contigo misma.

Miras atrás y te acuerdas de los mil cojudos que pasaron por tu vida. Y no les tienes rencor. Ni al más imbécil. Al contrario, les agradeces por haberte ayudado a entender qué es lo que no quieres en un hombre. No olvidas, pero perdonas que te hayan roto el corazón. Porque entiendes que un corazón roto es más sabio, más inteligente y con más amor para dar cuando llegue el momento.

Retrocedes solo unos días y recuerdas a toda la gente que amas, le agradeces a Dios que te correspondan. Entiendes por qué los quieres tanto. Entiendes por qué te quieren tanto. Porque eres la mejor.

Abres un archivo de Word y empiezas a escribir. Analizas tu vida, tu amor, tu trabajo. Te preguntas otra vez, ¿estoy en el lugar correcto? Amas lo que haces para vivir, pero te preguntas, ¿podría ser más feliz? Sabes la respuesta.

Te vuelves a mirar en el espejo y ves tus marcas, tus juergas, el alcohol, el descontrol, las dudas, los llantos. Y sonríes, por fin. ¿Cuántas veces te sonríes frente al espejo? Entonces te vuelves a mirar fijamente y ves tus otras marcas, tus risas, tus bailes, tus gritos de felicidad, tus mejores momentos. Esos que no quisieras que se acaben nunca.

Por fin te das cuenta, de que tus mejores momentos no dependieron del alcohol, sino de aquel que se tomó ese trago contigo y te hizo sonreír. O que te abrazó cuando lloraste por tu abuelo, o que llevó a tu vieja a una quimio. O que te contestó el celular cuando lloraste un tonto amor.

Los aprecias, a los momentos y a esa gente. Porque valen oro. Igual que tú. Les estás completamente agradecida, a ellos y a ti. Por estar a tu lado así estén lejos, por contarte un chiste, por reclamar tu presencia.

Estás loca, sigues hablando sola y en voz alta. No hay música a tu alrededor y te puedes escuchar claramente. Eres de puta madre. Eres una mujer increíble, eres una bella mujer. Eres bella de adentro hacia fuera.

Y eso no te puede hacer más feliz. Lagrimeas un poco, tú y tu sensibilidad. Y se te viene a la mente un gran momento en tu vida, el día en que hace años creíste en ti por primera vez. Lo añoras, y lo vuelves a vivir.

Te crees capaz de todo, porque lo eres. Nunca llegaste hasta donde estás sola. Pero sabes que eres capaz de todo. Hasta de salir de esta maldita depresión. Y reaccionas, lo vas a hacer, por nadie más que por ti.

Aléjate de todo por una vez en tu vida. Escóndete, respira sola. Piensa hasta el cansancio, sin tele, sin amigos. Analiza tu vida, analiza tu corazón, analízate a ti.

Tú y nadie más. Cuatro paredes fuera de Lima. Tu soledad, una cajetilla de cigarros y puro silencio. 133 cosas que meditar, 34 que decidir, todas contadas con los dedos.

Piénsalo. Te servirá.

Lunes, 6 de enero del 2014. 10:08 p.m.

Empezando a escribir:
 
El espejo, la cicatriz:
 
Los mensajes:
 
 
 
Las canciones de fondo al terminar de escribir:
(All Saints - Never ever)
 
 
(Passenger - Let her go)
 
 
Las letras:
 
 
 

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